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Marta Cisterna: “Soy mujer, defensora de derechos humanos y memoria

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“Yo me presento como defensora de derechos humanos. Mujer defensora de derechos humanos”. Esta frase no funciona como una carta de presentación, sino como una declaración de vida. Marta Cisterna creció en dictadura, observó la violencia siendo niña y escuchó – sin olvidarlo jamás – el sonido de los golpes en un cuerpo humano. Desde entonces, su trayectoria ha estado atravesada por la memoria, la dignidad y una convicción persistente: frente a la injusticia, no paralizarse, sino ocuparse.

Hija de una historia de represión y resistencia

Nacida en Concepción, vivió allí hasta los 18 años, cuando debió salir del país en la década de los 80 “por temas represivos”. Es hija de una sobreviviente de prisión política y tortura, una experiencia que tempranamente marcó su sensibilidad frente a la injusticia. El golpe de Estado significó para su familia una ruptura radical: “Todo el proyecto de vida familiar murió con el golpe de Estado”, destaca. Aunque todavía era niña, recuerda que el miedo y la violencia era percibida incluso en los silencios.”Uno es niña, pero capta que algo grave está pasando”

Uno de los momentos que identifica como decisivo ocurrió a comienzos de los años 80, cuando presenció la brutal golpiza de un dirigente sindical a manos de agentes represivos de la Central Nacional de Informaciones (CNI). “Nunca olvidé el sonido de los golpes en un cuerpo humano”, relata. Ese episodio, vivido junto a su madre, marcó un punto de inflexión en su vida:”Ahí entendí que lo que estaban haciendo era brutal, descarado, descarnado”.

La figura de su madre aparece como una referencia ética central. “Mi mamá fue la figura más influyente”, señala. La recuerda como una mujer que resistió la dictadura mientras criaba sola, y cuya práctica cotidiana encarnó lo que hoy se reconoce como defensa de los derechos humanos. “Ella no se declaró como defensora de derechos humanos, porque ese concepto no existía, pero lo fue”. De ella heredó una convicción que atraviesa su propio recorrido: “Entender que hay cosas más importantes que nuestras individualidades”.

En este sentido recuerda un momento clave vivido junto a su madre cuando presenció la golpiza de Sergio Fernández en Concepción, “en vez de arrancar, ella tenía en la mano la biblia latinoamericana – porque estábamos en la onda de las comunidades cristianas populares – y mi vieja se lanza contra la CNI, contra ese grupo que estaban golpeando”.

Cuando tenía 12 años inició su militancia en la resistencia, y desde entonces, explica, no se ha detenido. Aunque, rechaza la idea del sacrificio personal: “No lo veo como un sacrificio, porque no puede ser sacrificio estar en algo en lo que tu crees”. Prefiere hablar de decisiones y opciones tomadas desde la convicción.

La memoria como algo irrenunciable

En todos sus años de trayectoria, la memoria ocupa un lugar irrenunciable. Para Marta Cisterna, no es solo un recuerdo, sino una herramienta para comprender el presente. “La memoria es el componente que nos hace entender el presente. Tú no logras comprender el presente sin memoria”, sostiene. Por eso afirma categóricamente que “la memoria no es negociable”.

Su trabajo en sitios de memoria la ha llevado a vincularse profundamente con las historias de quiénes fueron secuestrados y torturados. Más que centrarse en el horror, su énfasis está en la dignificación: conocer nombres, trayectorias y sueños. “Aprenderse los nombres es una forma de dignificar”, explica, subrayando que el foco no está en el morbo, sino en reconocer a las personas como sujetas políticas.

Al abordar la tortura, insiste en la necesidad de objetivarla para no quedar paralizada por el espanto.”Si no objetivas la tortura, te centras en el horror y te paralizas”, afirma, señalando que comprender su carácter planificado permite también acompañar en procesos de reparación.

Cuando la violencia persiste en democracia

Ahora bien, en democracia, su mirada es crítica y severa. Con los años, ha observado la persistencia de las prácticas represivas en contextos de protesta social, lo que considera especialmente grave. “En democracia es peor, porque no se justifica”, aludiendo a violaciones de derechos humanos que continúan ocurriendo.

Por otro lado, la frustración frente al Estado y la institucionalidad es una constante en su relato, pero nunca deriva en inmovilismo. “La frustración está todo el rato”, reconoce, aunque aclara de inmediato: “Me da bronca, pero no me paraliza”. Frente al negacionismo y la impunidad, su respuesta es insistir en la acción concreta, señalando que “la herramienta es ocuparse”.

Esta convicción se sostiene, en parte, por lo que observa en las nuevas generaciones. Lejos del desinterés que a menudo se les atribuye, Marta Cisterna ve en jóvenes y adolescentes una búsqueda activa del sentido. “Las generaciones jóvenes buscan memoria porque quieren entender”, afirma y agrega que “cuando descubren los derechos humanos, algo se transforma”.

Esa experiencia es la que alimenta su esperanza. A pesar de que los cambios sean lentos y parciales, ella confía en que el trabajo deja huella. “Aunque se vayan, algo se les queda”, dice. Para ella, ese es el motor que justifica seguir con la certeza de que la memoria, la dignidad y los derechos humanos siguen siendo un terreno de disputa imprescindible.


*Por Sofía Esturillo Sáez