“Yo me crie en el campo”, dice la Dra. Claudia Stange, casi como quien enuncia un dato simple. Sin embargo, en esa frase se condensa una historia de vínculo cotidiano con la naturaleza que atravesó su infancia sin prometer aún un destino científico. Huertas familiares, cultivos, experimentos con plantas y una curiosidad persistente fueron la tierra desde la cual, años más tarde, germinaría una historia marcada por la biotecnología vegetal, la perseverancia y la convicción de que la ciencia no es un camino lineal, sino un proceso construido con el tiempo, entre ensayo, error y sentido de propósito.
Infancia y vínculo con la naturaleza
En ese paisaje rural, Claudia Stange no solo observaba la naturaleza, sino que intervenía en ella. A los 15 años sembró piñones que había recolectado cerca de su casa y los plantó sin saber con exactitud que ese gesto tendría proyección en el tiempo. “Nosotros siempre íbamos a cosechar, comíamos piñones y sembré piñones y de esas nacieron. «Ahora esas araucarias son árboles gigantes, tienen 35 años”, relata. Así, cada vez que vuelve al campo y las ve crecer, reconoce en esos árboles una continuidad entre la niña que experimentaba con plantas y la científica que hoy trabaja pensando en el bien a largo plazo.
Su infancia estuvo marcada por el trabajo agrícola familiar, las huertas, los cultivos y una relación permanente con plantas y animales: “yo también hacía mis experimentos con plantitas, hice polinizaciones de unas flores, después también cultivaba porotos”, recuerda. A pesar de esto, ese contacto con la naturaleza, no estuvo acompañado de una vocación científica consciente. “Nunca tuve la consciencia de que eso era a lo que yo me iba a dedicar”, afirma.
Durante su juventud, sus intereses eran diversos. Le atraía la biología y la química, pero también el teatro. No hubo una elección temprana, ni un plan profesional definido, sino más bien una inclinación general hacia el trabajo experimental. “Yo quería trabajar en un laboratorio”, señala. Y la elección de estudiar Bioquímica surgió casi por el azar, al leer un folleto de la Universidad de Chile que despertó su interés. “Lo leí y dije: esto me gusta”.
Señala que nunca hubo, ni vio la carrera como una dificultad en razón de su género. “Yo no veía eso, porque con la inocencia, la ilusión de seguir los deseos, nada más. Yo nunca fui así práctica o pragmática de decir ¿será rentable?. No, nunca. Yo sabía que tenía que estudiar algo porque mi mamá influyó en mí en decir tienes que ser independiente y tener tu propia carrera”.
Su vínculo con el mundo vegetal no apareció hasta mucho después. Esto fue cuando estaba en la universidad, cuando cursó fisiología vegetal. “Ahí dije: Me gustan las plantas”, relata. Mirando en retrospectiva, ese descubrimiento le permitió conocer la coherencia de su trayectoria: “Después lo conecté y dije: ‘Es obvio’”. Para Claudia Stange, el recorrido confirma que no existe un único camino profesional: “Hay muchos caminos que llegan a Roma”.
Ensayo, error y resiliencia
A pesar del descubrimiento de que siempre estuvo relacionada con el mundo vegetal y la naturaleza, la etapa de doctorado estuvo marcada por dificultades personales significativas. Fue madre mientras realizaba su formación doctoral, en un contexto de escaso apoyo de su pareja, pero sí contaba con el apoyo de su familia, compañeros y tutor. En ese periodo, la posibilidad de abandonar su trabajo fue recurrente: “Muchas veces intenté desertar el doctorado”, y a pesar de esto, persistió, sostenida por la convicción de que el esfuerzo tendría sentido a largo plazo.
En 2005, cuando fue contratada por la Universidad de Chile, la inserción como académica tampoco estuvo exenta de obstáculos. Al iniciar su carrera como investigadora, se vio enfrentada a exigencias para las cuales no había sido preparada formalmente. “Nadie me enseñó a escribir proyectos, nadie me enseñó a escribir papers”, señala, describiendo un proceso marcado por el ensayo y error, la frustración y el aprendizaje progresivo. Es así como, de esa experiencia nace una convicción que atraviesa todo su relato: “La tolerancia a la frustración es súper importante, la resiliencia y perseverar”.
Hoy en día, su trabajo en biotecnología vegetal está profundamente ligado a un sentido de propósito. Se dedica a la investigación de plantas y hortalizas con mayor tolerancia a la sequía y salinidad, y con mejoras nutricionales, con el objetivo de aportar a la seguridad alimentaria. “Esto me llena de propósito y de motivación”, afirma. El impacto de ver resultados concretos sigue siendo motivo de asombro: “La primera vez que vi el resultado de la edición génica dije ‘No puedo creer que esto haya funcionado”.
Finalmente, y más allá del laboratorio, Claudia concibe que la ciencia es una actividad con responsabilidad social. Es por esto que destaca la importancia de la formación rigurosa, la divulgación científica y la colaboración, así como la necesidad de pensar la biotecnología como parte de las respuestas a la crisis climática. Su mirada hacia el futuro se sostiene en una convicción clara: “Si no fuera optimista, no sería científica”. Es así que confía en que el conocimiento que hoy se genera permitirá enfrentar los desafíos que vienen y apoyar a las próximas generaciones en un escenario donde la ciencia – como su propia trayectoria – se construye con tiempo, persistencia y propósito.
Por Sofía Esturillo Sáez.

