Entre el modelaje, la antropología y las conversaciones políticas en redes sociales, Violeta Rodó ha construido una voz propia que cruza cultura pop, activismo y pensamiento crítico. En esta entrevista conversa sobre identidad, exclusión, contradicciones y el momento político actual.
SEMBLANZA
Claudia Rodríguez Silva es una mujer trans, activista y escritora cuya palabra ha desbordado los márgenes de la literatura y del activismo, convirtiéndose en un gesto radical de existencia, memoria y disputa política.
Marta Cisterna creció en dictadura, observó la violencia siendo niña y escuchó – sin olvidarlo jamás – el sonido de los golpes en un cuerpo humano. Desde entonces, su trayectoria ha estado atravesada por la memoria, la dignidad y una convicción persistente: frente a la injusticia, no paralizarse, sino ocuparse.
A lo largo de su relato, la autonomía aparece como un principio irrenunciable. “La autonomía es el principio fundamental”, afirma, tanto en lo emocional como en lo económico.
Claudia Stange, académica de la Universidad de Chile, ha construido una trayectoria científica que cruza origen, género y conocimiento, mostrando cómo la biotecnología también puede pensarse desde la experiencia, el territorio y el compromiso público.
Mariana Santibáñez Merino, de 62 años, es titiritera de oficio y presidenta del Club de Adultos Mayores Cambiando mi vida. Nació, creció y aún vive en la Población Alberto Risopatrón de Pedro Aguirre Cerda. De voz firme y sonrisa gentil. Fundó el club hace dos años y hoy reúne a 20 mujeres que hacen comunidad y geroactivismo. Aunque nunca había dirigido un grupo, es una líder innata.
Cada dos meses, Guacolda Saavedra se reunía con la Agrupación de Mujeres Territorial de Curepto, en el centro cultural “La Casa de Todos”. Llegaban mujeres mayores de 50 años, muchas de sectores rurales. Guacolda las lideraba con la experiencia de quién dedicó su vida por los derechos de las mujeres.
En el contexto de los 30 años de la Plataforma de Acción de Beijing, Teresa fue entrevistada por ONU Mujeres, donde reafirmó una de sus convicciones más profundas: que los derechos de las mujeres deben ser garantizados con mecanismos efectivos de seguimiento, implementación y rendición de cuentas.
Para Marisol, la agrupación ha recorrido un largo camino: “Hemos trabajado 11 años como Hijos y Madres del silencio, pero recién ahora, en estos días, cumplimos 2 años de personalidad jurídica como fundación”. Y recuerda los primeros años, donde sólo era “un grupo de Facebook conformado para la necesidad que tenía cada integrante de comentar su búsqueda”.
Entre las cosas que destacan de la participación femenina en la Casa de la Mujer, son las arpilleras que ellas aprendieron a hacer desde la época del golpe. Para Aída, esa expresión artística transmite la realidad de las mujeres de dos maneras: “Una, comunicar al mundo entero lo que pasaba, porque los curas sacaban las arpilleras para otros países, y dos, la capacidad de poder gestionar todo”.

